Es posible que alguien se haya dado cuenta de que últimamente esto se asemeja al decorado de un spaghetti western, con julagas rodando por el suelo, y sin la ventaja de tener música de Ennio Morricone sonando de fondo. Claro que, si sonara música cada vez que alguien entra en el blog, a estas alturas probablemente alguien se hubiera molestado en contratar asesinos albanokosovares para acabar con mi miserable vida.

A pesar de todo, estos días le he dado un poco más de vidilla al blog con toda intención, antes de comentar la tercera cosa que me había quedado en el tintero el otro día.

Me voy de La Coctelera.

Siempre había querido escribir una frase dramática, donde la pausa se mascara justo antes y después de la misma, donde el redoble de tambores sonaría inevitablemente en la cabeza del circunstante no advertido.

Bueno, ya está bien de pajas mentales. La idea venía rondándome la cabeza desde hace un tiempo. En parte se debe a que tengo la impresión de que La Coctelera ha llegado a un punto muerto. En parte se debe a que, debido a tanto cambio, las personalizaciones que había hecho en el blog se veían peor que Tyrion Lannister después de la batalla por Desembarco del Rey. En parte se debe a que creo que ya iba siendo hora de hacerme mayor y gestionar mi propio tinglado. En parte se debe a que, cuando se me mete una idea en la cabeza, si germina, no la suelto ni para cagar.

He estado seis años en La Coctelera. Como he dicho muchas veces, abrí el blog por pura chiripa. Como recordarán los más viejos del lugar, mi ritmo de publicación de historias era demencial (a veces hasta tres y cuatro al día). Pero claro, famille oblige, y tras el nacimiento de Claudia cada vez he escrito menos, menos y menos, hasta el punto de ruptura de hace tres meses, cuando dejé de escribir de forma súbita.

En realidad no se trata solo del blog. Cuando paré hace tres meses, también dejé de publicar fotos en Flickr y de soltar polladas en Twitter. Durante este tiempo mi ritmo de vida ha pasado de frenético a con-la-proa-al-marisco™. Diversas circunstancias han hecho que, aparte del jaleo normal de criar a dos niños pequeños, una de cuatro años y otro de ocho meses, se nos hayan juntado otras cosas que hacen que nuestro día a día no sea muy nuestro que digamos. Los que nos conocen saben que Pablo y Noli han desaparecido del mapa para mucha gente. Aunque eso no quiere decir que no los recordemos, a todos :)

En esta tesitura parece una locura, de buenas a primeras, reiniciar el fotoblog y abrir un nuevo blog, ¿no? No le busquen la lógica, porque no la tiene. Es así de simple.

Un momento... ¿He dicho un nuevo blog? Ah, coño, que se me había olvidado comentarlo. ¿Recuerdan lo que les he dicho de hacerme mayor y tocarme la cuca solo? Em, creo que esto último no lo dije. Pues sí, nuevo blog. Y no crean que me volví loco para ponerle el nombre. Total, si iba a ser como este pero en otro sitio, ¿qué mejor forma de llamarlo que adastra.fork ( );?

Allí encontrarán lo mismo que aquí, ni más ni menos, pero ahora yo seré el único responsable de las cagadas que sucedan.

Soy consciente de que yéndome de La Coctelera pierdo una cosa muy importante: la comunidad. La Coctelera no es solo una plataforma de blogging. También es una comunidad, con sus aciertos y sus errores, donde añadir a un amigo coctelero está a solo un click de distancia. También es verdad que casi todos los que empezaron conmigo esta andadura, aquellos del cóctel de gofio, han abandonado La Coctelera (excepto Yeyo).

Supongo que ahora comprenderán mejor por qué le di un lavado de cara al blog. Es que no quería dejarlo manga por hombro :P

Gracias a todos los que han seguido durante estos años las estupideces que he escrito aquí, y gracias a los amos de La Coctelera por montar este chiringuito para que gente como yo, con verborrea incontenible, pudiera vomitar paridas insustanciales (o no) un día sí y otro también.

Y, finalmente, sepan que esta no es la última historia que escribo en este blog. En la que escribiré ahora, les dejaré los enlaces donde encontrarme.

Nos vemos. En el otro lado.