No abundaré sobre la recién aprobada ley antitabaco excepto para decir que me alegro mucho.

No, eso no expresa bien lo que quiero decir. Me alegro de cojones. Ya era hora de dejar de ser fumador pasivo cada vez que entraba a comer en un bar. Mis pulmones lo agradecen, créanme. Y paso de discutir gilipolleces como llevo oyendo estos días. Ya se les pasará a algunos la perreta. Aquí paz, y después sexo anal, como tiene que ser.

En realidad iba a comentarles un detalle curioso: el pasado día 3 de enero, un día después de que entrara en vigor la ley, fui a un centro comercial de aquí de la isla, y al entrar vi una concentración inusual de personas en la puerta.

Automáticamente pensé «hijos de puta, no me cogerán vivo, usaré mi crowbar», pero luego descarté la idea porque seguro que eso tiene que ver con jugar demasiado a videojuegos, me cago en mi vida, dios los confunda y todo eso. Sin embargo, tampoco es que fuera tan desencaminado, porque aquellas personas tenían todas una mirada fija, una homogeneidad de propósito, un rictus de mala leche reconcentrada, que asustaba. Casi me hago caquita en los pantalones, pero como iba con mi cuñado, no quería darle argumentos para que fuera por ahí diciendo que su hermana se había casado con un desgraciado. Ah, no, eso sí que no.

Extrañado, observé con atención a aquellas personas, en busca de un patrón, y tardé un poco en encontrarlo porque el humo me lo impedía.

Conté a unas 15 personas, apiñadas, en la puerta del centro comercial, fumando como si fuera a llegar el mismísimo Satanás de un momento a otro para convertirlos en personajes de la novela I Have No Mouth, and I Must Scream. Sin tabaco, se entiende.

Aquí hay algo que no entiendo. En ese centro comercial nunca se ha podido fumar, ni antes ni después de la ley antitabaco, así que, ¿a qué venía aquello? ¿Era lo más parecido a una huelga de celo tabaquil convocada de forma espontánea a través de feromonas? Lo que sí es cierto es que tuve que atravesar la nube de humo y me quedé apestando a lo bestia, aunque eso sí, un poco descojonado por lo que acababa de presenciar.

PS Curiosamente, hoy he comido en mi bar-cafetería favorito desde hace dos años, como cada tarde que me tengo que quedar a currar, y había más gente que nunca. Se lo comenté de forma sardónica al dueño, por aquello de que no había ceniceros en las mesas ]:-) Y sí, sé que eso no basta para hacer correlación, pero me hizo gracia con tanto mensaje catastrofista sobre el fin del negocio de la hostelería.