Y con esta historia concluye mi exilio voluntario de esto de las redes sociales, blogs y toda esa morralla 2.0 que tanto me gusta (y lo digo sin ironías, que conste).

El 30 de septiembre publiqué mi última historia en el blog, hasta esta, con una foto de Gabriel durmiendo. En ese momento decidí, de forma más o menos premeditada, que no escribiría nada más hasta que no se me acabara la paternidad + vacaciones. Será que me hago viejo, pero ya no siento la misma necesidad de antes de contar todo lo que me pasa. Buena parte de mis ciclos de CPU se dedican a la tarea de ser padre, esposo y, en general, ciudadano ejemplar, por aquello de hacer uno mismo lo que intenta inculcar a sus hijos.

Mis hijos.

Todavía me suena raro, qué quieren que les diga.

La llegada de Gabriel ha supuesto muchos cambios. Los visibles se refieren al día a día, a la rutina antigua, que se nos ha ido al carajo, y a la nueva rutina, un poco bamboleante porque un bebé de cuatro semanas no sabe nada de horarios ni de nada que no sean sus pulsiones intestinales. Pero esos cambios los puede ver cualquiera.

Los otros cambios son más sutiles. A más de un imbécil que he conocido en mi periplo laboral le explicaba yo lo que significa realmente la palabra sinergia. Recuerden: el todo es mayor que la suma de las partes. Mis dos hijos son algo mucho mayor que la suma de sus individualidades.

Yo siempre he sido lo que en mi familia se consideraría un machango, es decir, persona de poco fundamento, más que nada porque creo firmemente que una persona no debería abandonar jamás el sentido de la maravilla ante las cosas del mundo. Da lo mismo lo mayor que te hagas, da lo mismo las hipotecas que tengas ni lo rebelde que sea tu prole. Si no eres capaz de emocionarte cuando tu hija te espeta al salir de la ducha un «YO SOY TU PADRE» con voz sepulcral, es que estás enterrado en un sarcófago de carbonita. Y créanme, no estoy recurriendo a una figura retórica.

Pero, machango o no, este mes que he tenido para adaptarme a la nueva situación ha servido para que madure en muchos aspectos. Cuando veo a mis dos hijos y pienso en el largo, largo camino que nos queda por delante, se me hincha el pecho como un rabihorcado. Que el camino será difícil es algo que ya sé, pero que las recompensas serán mucho mayores que el sacrificio, es algo de lo que también estoy completamente seguro.

Pero vayamos por partes, es decir, por los niños. ¿Gabriel? De puta madre, gracias XD Por ahora (nótese el uso avezado de la cursiva, estimado lector) es una delicia de crío. Come, duerme y excreta. Punto. No llora si no tiene hambre, no tiene cólicos ni padece de reflujo, como pasó con Claudia. El único «pero» es en realidad por nuestra parte: el pobre niño es como un mueble, al que no hacemos más caso del estrictamente necesario durante el día, por aquello de los celos de Claudia, pero de vez en cuando, y cada vez más, reclama un poco de cariñito. Así que, corrigiendo, que para eso somos falibles, lo duermo encima de mi barriga cada vez con más frecuencia. Y he descubierto que es un bálsamo. Para él. Y para mí.

Salvo la privación de sueño à la Guantánamo, cosa normal con los bebés, la incorporación de esta nueva unidad de carbono a nuestra geometría variable ha sido algo totalmente atraumático. Bueno, para los padres al menos. Claudia es otro cantar. Y canta bastante, créanme. Creo que Claudia tiene algo de banshee. Pinta de nórdica tiene, al menos.

Por ponerles un símil, es como si a Claudia le hubiesen subido el volumen y el tempo, rompiendo acto seguido los mandos para evitar que se puedan volver a bajar. O por poner otro símil más hidráulico, es como si intentaran vaciar una cuba de agua en un balde. La cuba es Claudia. El balde somos Noli y yo. Encantados de conocerles. Gracias.

Es decir, la mayor parte de nuestro cansancio procede de la actualización de firmware a la que se está sometiendo Claudia. Sin embargo, creo notar ciertos indicios de aceptación por su parte. Por ejemplo, afirma muy seria que Gabriel es suyo. No está nada mal, para cuatro semanas que lleva viéndolo.

Recapitulando, la experiencia con Gabriel está siendo completamente distinta a la de Claudia. Es todo más relajado desde el punto de vista psicológico. Y cada vez que hacemos algo por primera vez con el niño, como sacarlo a la calle, recordamos nuestra primera vez con Claudia y pensamos en las similitudes y diferencias. Y sonreímos.

Sin embargo, es inútil. No hay diferencias ni similitudes, porque los tenemos a los dos a nuestro lado. Solo hay sinergia. Solo hay alegría. Solo hay vida.

Mis hijos.