Este sábado fuimos por la tarde al cine. Toda la tropa: Noli, Claudia, Gabriel (más que nada porque aún está dentro de la barriga de su madre), y yo. Fuimos a ver Toy Story 3.

¿Saben? Ha sido la primera vez que la niña ha ido al cine.

Hay muchas cosas que pueden salir mal en un momento como ese. Como por ejemplo, cuando la niña se asustó nada más empezar las cortinillas porque el sonido estaba muy alto, cosa a lo que ella no está acostumbrada. Sin embargo, le duró poco el susto. Un par de exclamaciones de «¡susto, Papá, susto!», y se puso a disfrutar como una enana :)

Pero antes de continuar déjenme decirles algo: los de Pixar son unos putos genios. De un tiempo a esta parte, cada vez que voy a ver una película de esta gente al cine, salgo deslumbrado por la calidad que desborda y por las historias que cuentan. Porque no hacen películas para niños, no. Hacen películas para toda la familia, en el sentido más amplio de la palabra. Los niños ven un nivel, pero los adultos ven otro. Y Toy Story 3 es una fábula maravillosa sobre el valor de la amistad y la pérdida de la infancia.

Lo cual me lleva a preguntarme si no existirá una relación inversamente proporcional entre la cantidad de actores de carne y hueso de una película y la calidad de la misma.

Por otro lado, para mí, ver una película en el cine siempre ha tenido algo de alienante. Da lo mismo con quién vaya, que en cuanto bajan las luces, todo a mi alrededor deja de existir. La compañía es para antes y para después de la sesión.

Pero en esta ocasión, al haber ido con la pequeñaja, las cosas han sido diferentes. He disfrutado casi tanto de la película como de las reacciones de la nena. Ver cómo se acurrucaba contra nosotros cuando le iba a pasar algo malo a los juguetes, o cómo gritaba de alivio y daba saltitos cuando se salvaban. Joder, yo me bebía las lágrimas :)

Las experiencias que te emocionan son poderosas, y la de este sábado ha sido muy poderosa, sin dudarlo.