Ayer, domingo, hacía un calor por aquí en Gran Canaria de aflojar las muelas. Parecía que estuviéramos en agosto, sin tanto calor, pero tampoco andábamos demasiado lejos, hoyga.

Noli y yo decidimos ir al sur a dar un paseíto y, de paso, asaltar la nevera visitar a mi hermano. Cuando íbamos en el coche llegando a Maspalomas, se me pasó una de esas ideas raras que tengo por la cabeza.

No es difícil que al pasear por Maspalomas en pleno verano me asalte la nostalgia. No obstante, fue donde pasé esa etapa conocida en este blog como «fase de bestezuela prepúber». En mis veranos de bestezuela, la principal preocupación del día a día era encontrar una manera creativa y placentera de rascarme los cojones.

Todo eso quedó atrás, obviamente.

Recordando esos veranos me dio por pensar en uno de los lemas que teníamos en la pandilla de amigos: «hola, he venido a compartir mi aburrimiento contigo». Y es que cuando nos aburríamos en casa, íbamos a casa de uno de los otros cafres para... Pues para nada en particular. En el fondo nuestra esperanza era que, sumando un número suficientemente alto de bestezuelas aburridas, alcanzáramos masa crítica y se nos ocurriera qué coño hacer.

Casi siempre fracasábamos. Pero ese es otro tema.

Lo que les he contado hasta ahora era el hilo primario de mis pensamientos, pero por debajo estaba el hilo secundario que todo bloguero pr0 tiene siempre activado, en segundo plano Ese otro hilo me llevó por otros derroteros, con esta pregunta: ¿por qué quedábamos con frecuencia en casa de unos pero no de los otros?

La pregunta es pertinente... Piensen en ello: tienen un grupo de amigos, pero siempre acaban quedando en casa de fulanito, o de menganito, pero nunca en la casa de fuckanito. Millones de gargantas claman al cielo preguntando «¡¿POR QUÉ?!». Sus gritos tardarán un poco en llegar a Sagitario A*, pero todo se andará.

Recuerdo que solíamos quedar en casa de mi amigo Mavick, lo cual era lógico porque tenía un pedazo de sótano con mesa de ping-pong, ordenador 386SX2 (una puta máquina en su época) y tele bien grande para ver los partidos de fútbol. Podría pensarse que, con esos triunfos, cómo no íbamos a quedar allí... Pero es que también quedábamos en casa de mi amigo Moi cuando vivía en Los Molinos, en un cuarto en el que apenas cabíamos tres sentados, con el ordenador al fondo.

Así que el tamaño del sitio o el equipamiento no tenían nada que ver, o al menos no todo que ver. Con el tiempo he llegado a pensar que íbamos a casas en las que, de una manera u otra, los padres de nuestros amigos nos hacían sentir a gusto. Don Pedro, el padre de Moi, nos contaba anécdotas sobre su vida en las minas de diamantes de Sudáfrica (y créanme, tenía un auditorio entregado). Los padres de Mavick siempre nos dieron mucha manga ancha para estar como nos saliera de los cojones en aquel sótano... Pero igual era cuando íbamos a la habitación de su hijo, llena de cómics y de juegos de MSX.

Al final había casas etiquetadas como «aptas para quedar» y casas en las que mejor entrar y salir de paso. Y aunque nunca mencionábamos los motivos, en realidad el acuerdo tácito nos alcanzaba a todos.

Qué cosas le da a uno por pensar veinte años después...