Imaginen la siguiente escena: después de una sesión de buceo en Las Canteras, un poco cansados y pelados de frío (aún con el neopreno), vamos hacia la orilla. Mi hermano y yo nos retrasamos porque llevábamos la cámara y aprovechábamos para fusilar a todo bicho viviente (luego pongo el resto de las fotos).

Yo estaba particularmente cansado, porque soy muy mal nadador (cosas de ser autodidacta y de los hijos de puta que decidieron que enseñar a un niño a nadar al trancazo era una buena idea). En esto que mi hermano me dice algo y me tira la cámara.

Yo les juro que entendí «sácame una foto».

Mi hermano entonces empieza a dar saltitos agarrándose el pie, y me dije «coño, qué ganas tiene mi hermano de hacer el payaso, pero que no se diga, vamos a fotografiar».

Y me quedé en estado de extraordinaria placidez, como diría Mayor Oreja, sacando un par de fotos.

Pero mi hermano no paraba de dar saltos, y entonces una luz empezó a abrirse paso entre la melcocha derretida que formaba mi cerebro en aquellos momentos.

«Un momento... ¿Seguro que me dijo que le sacara una foto?»

Me da por sacar la cabeza del agua y preguntarle «oye, ¿qué fue lo que me dijiste?»

Mi hermano me grita desencajado «¡ME ESTÁ DANDO UN TIRÓN, CABRÓN, Y TÚ SACÁNDOME FOTOS!»

¡Aaaaamigo! ¡Por eso estaba dando saltitos! Vaya, y yo con estos pelos. Cuando fui a ayudarle (sin darme mucha prisa, no crean, que el amor fraterno no llega a tanto), ya se le había pasado el tirón.

Pero qué coño, al menos saqué una buena foto. Es lo menos que podía hacer el muy desgraciado.

Cagándose en mis muelas

Menos mal que el tirón fue largo y tuve tiempo de sacar varios encuadres.