Redefinir dichos populares es algo que me causa íntima satisfacción.

Por ejemplo: esta mañana estaba en el garaje, colocando a Claudia en la silla para llevarla a la guardería, con los ojos legañosos (los dos, tanto el padre como la hija).

En esto que me monto en el coche y veo una cucaracha unos metros por delante, en otra plaza de aparcamiento.

Déjenme aclarar una cosa, para los no canarios que no hayan visto historias anteriores similares en este vomitadero: las cucarachas de Canarias olvidaron que el Cretácico acabó hace unos 65 millones de años. Ese pequeño despiste ha hecho que, en lugar de reducir su tamaño como cualquier cucaracha decente, se hayan quedado con el tamaño y las capacidades voladoras de los pterodáctilos.

Ninguno de ustedes querría que una chopa (nombre «cariñoso» que le damos a esas hijas de la gran puta) se le posara encima. Créanme que no.

En retomando el hilo, les decía que vi una pedazo de cucaracha en la plaza de garaje que estaba delante de la mía, a unos metros. Yo ya estaba en el coche, y como las cucarachas me dan un asco que no se pueden ni imaginar, y por descontado, no iba a pisarla (no he pisado una cucaracha en mi vida), utilicé lo que tenía más a mano.

El coche.

Una Citroën Berlingo pesa algo más de una tonelada, si no me engaña el Google, así que supuse que bastaría para aplastar al bicho. Siempre que le acertara, claro.

Observé cuidadosamente el avance de la cucaracha, hasta que estimé que por su trayectoria y velocidad podría pisarla con la rueda delantera derecha.

Plaf.

Radiografía de cucaracha. A la primera. Sin compasión.

He usado una furgoneta de más de 1000 kilos para matar a una chopa. Ya puedo tachar eso de mi lista de cosas pendientes.