Ayer fuimos a Triana, la calle comercial más famosa de Las Palmas, a dar un paseo y hacer unas compras. Dar una vuelta por allí significa que, si te fijas, puedes observar un espectro amplio de características humanas. Desde familias encorsetadas con los niños vestidos de primera comunión hasta drogadictos pidiendo dinero para la metadona, pasando por todas las escalas intermedias que se te ocurran. Si observar es tu afición, puedes acabar saturado de tantos arquetipos.

Claudia parece que ha heredado de mí la curiosidad insaciable, así que nos teníamos que parar cada cuatro pasos para que ella se quedara mirando fijamente lo que fuera. Nunca le digo nada del tipo «no mires a ese señor» porque la curiosidad es algo muy bueno. Eso es algo que a veces nos trae de cabeza, pero prefiero que sea así a que sea apática.

Cuando íbamos a comer en el McCarthy's, como tenemos por costumbre (solo los aros de cebolla hacen que valga la pena ir allí) Claudia se quedó clavada en el sitio, observando atentamente a un músico ambulante, un violinista que se llama Víctor y que suele verse a menudo por la zona de Triana.

Y en ese momento se produjo la Magia. Con mayúsculas.

Magia urbana

Fueron treinta o cuarenta segundos de actuación, pero en ese momento, Víctor empezó a actuar solo para Claudia. La gente que pasaba se quedaba mirando, y la niña estaba muy quieta, observándolo con esos ojos enormes que tiene, acercándose pasito a pasito. Y yo sacando fotos que me volvía loco, intentando capturar ese momento.

Cuando acabó la actuación, Víctor hizo una reverencia, también solo para Claudia, y me maldije por no tener la anticipación suficiente como para capturar también ese momento. Pero está bien, que lo conserve Claudia.

Lo mejor fue cuando, después de dejarle unas monedas a Víctor, se me acercó y me dijo «me ha encantado». Creo que él también se fue ese día a casa, donde quiera que esté, con una sensación de que algo especial había ocurrido.

Noli, Claudia y yo, seguimos nuestro camino. Con una sonrisa enorme de oreja a oreja.