Anoche fui al cine a ver Walküre con los señores Kaylon y Runo (sí, lo pongo en alemán para que quede como más pedante). Por cierto, cojonuda la película. A pesar de la grima que me da Tom Cruise, me gustó el papel que hizo.

A lo que iba. Cuando estaba esperando a que los dos merluzos mis dos amigüitos autorizados llegaran, vi desde las alturas (estaba en la última planta) a una madre con dos niños. La niña tendría unos cuatro años, y el niño sería algo más grande que Claudia, pero no mucho. Estaban subiendo las escaleras mecánicas del centro comercial.

Cuando estaban llegando a la parte de arriba, el niño se cayó y apoyó las manos en la escalera. En cuanto sus manos se apoyaron en el suelo, pegué un grito de «¡CUIDADO!», que no oyó ni dios porque en un centro comercial lleno de bullicio, ya me dirán.

De todas formas, no hizo falta. La madre, haciendo gala de ese sentido práctico que tenemos los padres, cogió al niño por la camisa y lo levantó en peso antes de que la escalera finalizara. Y eso con la otra mano ocupada en que no se le fuera la niña, y cargando bolsas de la compra.

Como le conté a mis amigüitos después, uno no deja de ser padre ni cuando dejas a los niños en casa. Eso es algo que llevas encima las 24 horas ;)

PS Con este pequeño incidente recordé uno de mis terrores atávicos: las escaleras mecánicas. Desde pequeñito les tenía repelús, porque siempre imaginaba que se me enganchaban los cordones de los zapatos o me caía, como el niño, y me trituraba las manos.