El que crea que hacer la compra del mes es aburrido, es que no sabe cómo buscarse la vida pensando cosas raras mientras hace las compra XD

Mientras vago por los pasillos del Carrefour (traducido en mi casa de forma jocunda como «Los cuatro carritos») suelo dejar volar mi imaginación. Y créanme, ustedes no quieren saber algunas de las cosas que pienso. Son chungas ]:-)

El caso es que suelo comprar un bote de leche fresca al mes, por aquello de engolosinarnos los bigotes. Como todo el mundo sabe (excepto los urbanitas más allá de toda redención), la leche fresca no se genera espontáneamente en los estantes refrigerados de los supermercados, sino que sale de tiernas vaquitas dispuestas a dejar que les soben las ubres. Y la leche fresca tiene una fecha de caducidad cercana. Normalmente no dura más de cuatro o cinco días, a lo sumo.

Los más avezados de mis lectores (is anyone there?) ya habrán pensado por dónde van los tiros: el calvo cabrón coge la leche con fecha de caducidad más lejana en el tiempo.

En efecto. Soy una persona ruin. Han acertado.

Eso que hago con la leche es algo que hago también con el pan de molde y otros productos muy perecederos. La idea es no tener que comerme un sanwich de 200 pisos dentro de cuatro días porque se me caduca el pan, y lo de tener un criadero de moho es algo que, aunque me resulte moderadamente atractivo, no creo que sea lo más apropiado.

Esto nos lleva a dos conclusiones:

  1. Estoy en la lista negra de los reponedores del Carrefour. Destrozo su trabajo organizativo no respetando el orden en que pretenden que me lleve los productos.
  2. Como no dijo Darwin, esto es como el survival of the fittest. Aquí, el que llega el último se tiene que beber la leche y comer el pan a toda hostia. Se siente. A mamarla.