El odio es algo muy personal para desperdiciarlo con esos desgraciados
Esta mañana venía en el coche recitando mi salmodia habitual contra los malditos hijos de puta que se creen que la carretera es su corral particular en el que desflorar analmente a todas las cabras agarrándose a sus cuernos refocilándose en su actitud obscena.
Normalmente pillo retenciones de forma puntual a la altura de Telde. A los pobres madrileños que sufren colas kilométricas todas las mañanas les parecerá que lo que yo pillo es como un bufo en medio de una tormenta: inapreciable. Pero cada uno está acostumbrado a lo que está acostumbrado, hoyga.
En medio de las retenciones es normal ver a gente que cumple a rajatabla la Ley de la Tangente, que tiene tres corolarios:
- Cualquier cruce de carril debe efectuarse con el coche tendiendo a 90º con respecto al carril de partida. Cuanto más obtuso sea el ángulo (como el conductor), mejor.
- Cuantos más carriles se crucen de una sola tacada, mejor. Un carril es el mínimo. Dos está cojonudo. Tres es la puta hostia. Cuatro tendría que hacer que todos los conductores se bajasen de sus coches para aplaudir.
- La maniobra debe ser efectuada a toda velocidad aún cuando los coches en retención estén prácticamente detenidos, haciendo que todo el mundo tenga que frenar como si estuviera a punto de despeñarse por las cataratas Victoria.
Esos angelitos son depositarios habituales de mis cargas de profundidad verbales. Hoy incluso me permití mascullar a media voz:
Por Yog-Sothoth, cómo los odio...
Pero luego me quedé pensando en que semejantes desperdicios humanos no merecen mi odio, porque el odio, como el amor, es un sentimiento muy personal que solo deberíamos destinar a enemigos íntimos. No es que yo tenga ninguno, pero nunca se sabe.
De todas formas, me es complicado reprimir mi odio. Entre estos y los chupacentro, vamos listos.
!-->
