Sopla un aire cálido y seco mientras nos asomamos al Guadalquivir. Observamos a lo lejos el puente romano, e imaginamos a los legionarios, enhiestos y vigilantes, cuidando el paso a la ciudad que queda a sus espaldas.

Puente romano de Córdoba

Permanecemos sobre la calzada, observando la posición sobre la que se edificó el Arco de Triunfo para la visita de Felipe II, y comprobamos con asombro cómo ha subido el nivel de tránsito de la ciudad.

Puerta del Puente de Córdoba

Nuestros cerebros intentan conciliar la mezcla de estilos de la Mezquita de Córdoba. Permanecemos respetuosos delante del mihrab, imaginando ríos de fieles musulmanes llamados a la oración. Nos faltó tiempo para verlo todo, para bebernos los siglos de historia que rezuman sus muros.

Mihrab de la Mezquita de Córdoba

Paseamos por la Judería, en estrechas callejuelas llenas de casas gloriosas y ruinosas, pasando bajo arcos mozárabes. Cerrando los ojos casi podías imaginar el trasiego nocturno de los jinetes con no muy buenas intenciones.

Calle de la Judería de Córdoba

En Madīnat al-Zahrā' nos plantamos ante puertas inexistentes que giraban sobre goznes encajados en bloques de mármol rosa, oliendo el aroma de los braseros en los cuartos de los maestros artesanos.

Arcos mozárabes en Madīnat al-Zahrā'

No vimos ni una fracción de lo que nos hubiera gustado.

Volveremos.