Realidad plástica
(París, 9:00 de la mañana; podría ser en el presente; hay tres hombres sentados en el Café Constant de la Rue Saint Dominique, muy cerca de la torre Eiffel; uno de los hombres, bien vestido, está sentado tranquilamente con un café en la mano; los otros dos miran a su alrededor desorientados.)
Dos: ¿Dónde coño estamos?
Tres: ¡JODER!
Uno: Estamos en París, en la Rue...
Tres (interrumpiendo): ¿CÓMO QUE ESTAMOS EN PARÍS, COÑO? ¿QUÉ MIERDA ES ESTA?
Uno (esperando pacientemente): Tranquilízate y escucha. Sentaos. Los dos. Ahora.
El tono de autoridad es innegable, y eso es justamente lo que necesitan Dos y Tres para tranquilizarse. Se sientan y esperan a que Uno hable.
Uno: Ya os lo dije. Esta... facultad, es fácil de demostrar, difícil de comprender y casi imposible de explicar.
Dos: ¿Nos hemos teletransportado o algo así?
Uno: No, no tiene nada que ver con la teletransportación. Simplemente estábamos allí y ahora estamos aquí. Es una mera cuestión de percepción.
Tres: ¿Cómo que una cuestión de percepción, coño? O estamos en París o no estamos.
Uno: ¿Ustedes creen que están en París?
Dos y Tres miran a su alrededor, hasta que ven la silueta imponente de la torre Eiffel recortándose por encima de los tejados de las casas. Su visión los deja paralizados.
Dos: Bueno, si esto no es París, es un decorado muy bueno...
Uno (pacientemente): Esto es París. Aunque el verbo «ser» en realidad pierde todo su significado en este contexto, como todo lo demás.
Dos y Tres se quedan mirando a Uno. Tres parece el más nervioso de los dos, y lleva la voz cantante.
Dos: Bueno, dijiste que primero ibas a demostrárnoslo y luego a explicarlo, así que...
Tres (asintiendo vigorosamente): Eso, empieza desde el principio y no te vayas por las ramas.
Uno sonríe levemente mientras toma un sorbo de café.
Uno: Tres, precisamente me estás pidiendo cosas imposibles. Para explicar esto debo irme por las ramas, y el concepto de «principio» tampoco tiene sentido. Pero me estoy poniendo metafísico.
(Sin solución de continuidad los tres protagonistas se encuentran en la cima de la torre Eiffel; hay turistas por allí, pero aparentemente ninguno se ha dado cuenta de la repentina aparición de estas tres personas.)
Tres: ¡Deja de hacer eso, tío!
Dos: ¿Cómo lo haces? ¡No he notado nada!
Uno: Intentaré explicarlo de forma sencilla. ¿Ven a esa mujer de ahí, la que tiene la blusa de color verde?
Dos y Tres observan a una joven que está embelesada observando el paisaje urbano de París con su pareja.
Uno: Los dos han identificado correctamente a la mujer, sin embargo, ¿cómo están seguros de que ambos perciben el mismo tono de verde? Y ya puestos, ¿cómo le dices a un ciego de nacimiento que hay una chica con blusa verde? O a una persona que solo pudiera ver en infrarrojos, o usara ultrasonidos. ¿Qué realidad percibiría?
Tres: Esa discusión filosófica sobre la realidad es muy vieja, compañero.
Uno: Sí, pero sigue siendo válida. No es más que una aproximación estadística algo burda, pero es un buen punto de partida. Ahora miren otra vez a la chica.
Dos y Tres miran a la chica. En sus caras puede leerse un moderado asombro, lo cual es lógico después de haber «saltado» medio mundo hasta París. La blusa de la chica es ahora claramente amarilla.
Dos: ¿Cómo rayos...? No, no me respondas.
Tres: Un momento... ¿Ninguno de los dos se ha dado cuenta del color? ¿Ni la chica ni su pareja?
Uno observa pensativamente a la pareja durante unos segundos.
Uno: No, no pueden «darse cuenta». La blusa siempre ha sido amarilla para ellos.
Dos: ¿Has alterado sus recuerdos?
Uno: No, he alterado la realidad.
Tres (acalorado): ¡Espera, espera! Eso de alterar la «realidad» implica muchas cosas, camarada. ¿Qué pasa con los padres de la chica? ¿O con el que le vendió la camisa? ¿O con la gente que los ha visto? ¿También ellos «recordarán» que la camisa siempre ha sido amarilla?
Uno sonríe, obviamente complacido con el comentario de Tres.
Uno: Buen punto. Acabas de llegar a la primera Pregunta: ¿hasta dónde se extiende una alteración en el sistema?
Dos: ¿Se trata de eso? ¿De alteraciones en el sistema?
Uno: Puedes verlo así, es lo más fácil. El sistema se autorregula. Cambiar el color de una camisa es un cambio menor. Si solo altero la percepción de esta pareja, habrá un montón de cabos sueltos: el camarero del restaurante en el que han desayunado, el conserje del hotel, los cientos de personas que han visto a la chica con la camiseta, sus familiares, etc. Sin embargo, esos pequeños rebotes se reajustarán en unos pocos ciclos. La masa anónima no percibirá el cambio a nivel consciente. Otros pensarán que se ha cambiado de camisa. Sus familiares pensarán que la chica ha extraviado la camiseta original. El sistema sigue funcionando sin errores.
Dos y Tres tienen una expresión sombría.
Dos: ¿Y podrías hacer cambios más... drásticos?
Uno mira al suelo enrejado de la plataforma de observación. Tarda en contestar.
Uno: La pregunta es pertinente. Al principio, cuando volví, estaba asustado. Los cambios escapaban a mi control, así que decidí aprender hasta dónde llegaba esta facultad.
Pausa.
Uno: No lo he descubierto. Y eso me asusta. A veces pienso que soy Dios, y a veces pienso que soy un agente defectuoso de dios, sin propósito ni medida.
Dos y Tres miran a Uno obviamente alarmados. No esperaban esa diatriba.
Uno: ¿Saben lo que hice un día? Fui a la Luna. Sí, a la Luna, a su cara oculta. No puedo asfixiarme, ¿saben? Eso es lo primero que aprendí: mi cuerpo es perfecto para experimentar. Alteré mi aspecto para parecer un dragón o un insecto, aterrado porque no sabía si podría volver a mi forma «original». Alteré la gravedad de porciones de la Luna, descubriendo que los cambios que atentan contra el sistema tienen repercusiones locales graves que se extienden como un incendio en un bosque reseco. Y descubrí que el sistema siempre vuelve a su estado de equilibro caótico en cuanto aflojo la presión.
Dos y Tres están alarmados. Tienen tantas preguntas en la cabeza que no saben cómo empezar.
Tres: Joder, estás hablando como si esto fuera Matrix y tú fueras el agente Smith.
Uno sonríe. Es una sonrisa triste.
Uno: Ojalá fuera esa la explicación. Por lo menos habría una salida. Pero no tengo respuesta para mis preguntas. A veces pienso que tengo en mis manos el poder para destruir el Universo, si quiero, pero a veces pienso que el propio sistema me rechazará si lo intento. A veces veo efectos anómalos que solo pueden explicarse con la presencia de otros como yo. A veces me asusto pensando que no hay poder en el Universo capaz de detenerme. ¿Me disparas una bala? La hago desaparecer. ¿Aparezco en el interior de un sol? Me convierto en plasma sentiente.
Dos: Esto es demasiado complicado... Y sospecho que tu analogía con un sistema no está completa.
Uno: Pues claro que no está completa. Por eso pienso que no puedo ser Dios. No percibo el sistema en su totalidad. Solo percibo alteraciones locales e infiero alteraciones a mayor escala.
Uno suspira.
Uno: Pero todo eso va a acabar.
Dos y Tres se miran.
Tres: ¿Cómo que va a acabar?
Pausa. ¿O no?
(Dos amigos se encuentran solos en la plataforma; disfrutan del paisaje urbano de París mientras hacen tiempo para la siguiente conferencia a la que tienen que asistir en breve; el viaje les ha costado un riñón, pero piensan que ha valido la pena.)
(En otro punto del Universo, quizás al mismo tiempo, o quizás no; un sol mortecino implosiona, destruyendo una floreciente civilización de seres basados en la química del silicio.)
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