Esclavitud en el siglo XXI
No voy a descubrir la pólvora con el título de esta historia. Que la esclavitud es algo que sigue existiendo hoy en día es algo que cae de maduro. Pero como en todo, hay formas y formas de esclavitud.
Noli me contó que el otro día, mientras estaba en la consulta del médico, alcanzó a oír una conversación de una chica, cubana según le pareció. Esta chica trabaja (o trabajaba) en la zafra, es decir, en la recogida de tomates, en la zona sur de la isla. Casi todo el mundo que conozco tuvo algún familiar en la zafra, en los tiempos en los que aquí solo cultivábamos tomates y turistas. Ahora solo cultivamos turistas. Prácticamente.
La chica estaba hablando con un circunstante y le comentó que estaba preocupada porque tuvo que ponerse de baja por no-sé-qué. Al ir a entregar la baja a su empresa, cierta individua, jefa de ella, se puso hecha una fiera, gritándole que la iba a despedir por faltar al trabajo, que cómo se atrevía a ponerse de baja, etc.
Además, esta chica contaba con infinita resignación que en verano era muy jodido trabajar en la zafra, porque como los tomates se cultivan en invernaderos de plástico, el calor que hacía al mediodía era espantoso. Lo normal en otras empresas tomateras era parar a las 13:00 para que la gente no se deshidratara, pero en la que ella trabajaba, la obligaban a trabajar hasta las 15:00 o más, según fuera la producción.
Imagino que este es un caso más de los muchos que podrán encontrarse por ahí, como el que oí hace unos años de cierto hijo de la gran puta del Tablero de Maspalomas (al que casualmente conozco y que siempre me cayó como una patada en los güevos), que utilizaba inmigrantes ilegales como mano de obra barata, y los tenía en condiciones infrahumanas bajo amenaza de denunciarlos a la policía.
Casos como esos tiene que haber a la punta pala.
Normalmente no hacemos caso de esas cosas, bien porque no nos enteramos, bien porque no nos queremos enterar. Y qué quieren que les diga, por muy pacifista que sea, cuando oigo cosas como esta, me dan ganas de escacharle la cabeza (como decimos por aquí) a esos hideputas que ven a los inmigrantes como si fueran carne. Hacen los trabajos que nadie quiere y encima los explotan como ganado. No me jodas.
Lo último que me contó Noli es que el hombre con el que estaba hablando esta chica, abogado casualmente, le recomendó que tomara las cosas con calma y que no firmara absolutamente nada, y que no aceptara el despido, por supuesto. Él pensaba que la imbécil de la jefa solo intentaba intimidarla.
Supongo que nunca sabré qué le pasó.
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