Si yo fuera el absolutamente genial Luis Piedrahíta, empezaría esta historia diciendo algo así:

Hoy voy a hablar de unos pequeños seres absolutamente maravillosos: los fósforos. Seres que, sin embargo, dejan de ser tan maravillosos cuando se utilizan para cometer un atentado contra la cordura y la pituitaria. Estoy hablando de encender un fósforo después de soltar las deposiciones.

Supongo que he provocado algún enorme What-The-Fuck. Me explico.

El otro día estaba hablando con Noli de lo humano y lo divino, y empezamos a hablar del agradable olor que queda en un baño después de que un circunstante deje una bomba M, y de los posibles paliativos para intentar aliviar el horror que ello supone.

Como el pobrecito casual que haya entrado en el baño del curro esta mañana después de mí. Es que ando un poco flojo, ¿saben?

Pues a todo esto, recordé que tenía un compañero de trabajo, años ha (estoy hablando de hace cinco años, más o menos), que solía traer de la casa una caja de fósforos (dígase de cerillas, si eres un vil conquistador de la metrópoli), para quemar graciosamente uno cada vez que depositara una gloriosa cantidad de materia fecal en el baño.

Decía que así se disimulaba el olor.

Y una MIERDA. Nunca mejor dicho.

No sé si será algo psicólógico o somático, pero el pestazo que quedaba en el baño después de la actuación conjunta de los efluvios de la mierda y del fósforo recién quemado era... Era como el puto gato de Schrödinger, en la medida en que ni era fósforo, ni era mierda. Digamos que era una horrorosa combinación de ambos olores. Y como en cualquier buen postulado de mecánica cuántica, no descubres el olor real hasta el mismo acto de la aspiración nasal.

Para mí que ese olor está sintonizado con alguna oscura y atávica zona del hipotálamo relacionada con las señales de peligro ante depredadores o algo así. A mí me entraban ganas de hostiar al compañero y después salir pitando.

Ya he soltado mi primera gilipollez (escrita) del día.