5:30 de la mañana. Suena el despertador. Me levanto de mala leche, como me sucede últimamente, cada vez con más frecuencia.

Tomo un desayuno frugal, reviso a la niña, le doy un beso a Noli y bajo para coger la maldita antigualla el coche de Noli.

Arranco, más dormido que despierto, y me dirijo al curro como todos los días. De repente, a la altura de Arinaga, ¡PLOF! Coño, rueda pinchada.

Nada, nada, cuatro intermitentes y me aparto al arcén, maldiciendo de paso al hijo de la gran puta con un camión que me ha pasado a la distancia de un pelo de culo de camello porque el muy cabrón no redujo la velocidad ni mantuvo la distancia de seguridad. Total, si no me aparto yo, ya me aparta él.

Cambio la rueda, pelado de frío y un poco acojonado, porque cada vez que pasa una guagua me el coche se menea de un lado para otro. Por cierto, la rueda no está pinchada, está reventada. Esa rueda no rodará más en su puta vida. Requiescat in pace.

Después de cambiar la rueda apunto una nota mental para comprar un neumático nuevo esta tarde. Pongo el coche en marcha, me incorporo a la autopista... Y dos minutos más tarde, a la altura del Carrizal, ¡PLOF!

¡Me cago en la puta! ¡Otra vez! Sin acabar de creérmelo, aparco el coche en un lugar todavía más estrecho y peligroso que el anterior, en la incorporación del Carrizal a la autopista. Como la rueda aparentemente está bien y me consta que las llantas están un poco jodidas, pienso que a lo mejor le faltaba algo de presión a la rueda de repuesto.

Llamo a Noli, que tenía que pasar por allí camino de su trabajo, y le pido que pare para poder llevar la rueda al aeropuerto para inflarla, y así aguantar hasta la tarde. Desmonto la rueda para ir ganando tiempo.

Empieza a llover. Me cago en dios mil veces.

Noli llega, meto la rueda en el coche y salgo cagando leches al aeropuerto, que está al ladito. Aparco en la gasolinera y le pongo el pitorro para inflar la rueda. No hay ni un solo gramo de presión. «Huyhuyhuyhuy», me digo. Le doy aire, pero es como intentar inflar un globo aerostático tirándose peos. Mosqueado, le doy la vuelta a la rueda.

Resulta que le falta un cacho.

En mi vida me he sentido más jodido. No me lo puedo creer. Dos ruedas reventadas en menos de 20 minutos. Alguien debe estar haciendo vudú con mi efigie.

Vuelvo a donde está Noli helándose el culo, esperando por mí. La aviso por teléfono para que vaya llamando a la grúa. Noli se va y me deja allí, reflexionando sobre la mierda, la humanidad y cierto hijo de puta apellidado Murphy.

Al final pasa una pareja de la Guardia Civil, que se descojona un poco («¿las dos ruedas? ¡coño!»), y media hora más tarde pasa la grúa. El de la grúa me provoca un deja vu («¿las dos ruedas? ¡coño!»).

¿El fin de la historia? Cuatro ruedas nuevas (total, las otras dos ya necesitaban un cambio) y 150 euros a tomar por culo (y menos mal que las ruedas de este coche son baratitas, sobre todo cuando pones unas de marca pepe el breca; va a poner Michelín su puta madre). Llego tres horas tarde al curro. Hoy salgo a las 18:00.

Mierda.