Sonrisas obsequiosas
Ayer me di cuenta de que mi coche tiene más mierda encima que el rabo de una vaca. La calima bestial que sufrimos ahora mismo no ayuda a mejorar su estado. De todas formas, creo que he lavado el coche cinco veces en los últimos tres años y medio. Me jode mucho lavar el coche. Se ensucia enseguida, y eso me pone de mala leche.
El caso es que, por una de esas estúpidas asociaciones de ideas que tengo de tanto en tanto, recordé una ocasión en la que estuve en el centro comercial El Muelle, en Las Palmas, y llevé el coche a que me lo lavaran en el garaje. Es la solución perfecta para los tíos vagos como yo.
El encargado me recibió con una sonrisa tan obsequiosa y absolutamente falsa que casi camino hacia atrás para alejarme de él.
Como cliente, uno trata a lo largo de su vida con mucha gente «tras el mostrador». Mucha: empleados de banca, cajeros de supermercado, madamas de prostíbulo, etc. Unos son más educados que otros, unos son más simpáticos que otros, etc. Pero nunca me había encontrado con una sonrisa tan falsa. A lo mejor es que al hombre le apretaban los calzoncillos, pero les juro por las pelotas rasuradas de David Beckham que aquel tipo daba repelús.
Más o menos sé de lo que me hablo porque en una época oscura y abyecta de mi vida trabajé en McDonald's tres veranos seguidos, dos de ellos como cajero, aprendiendo alemán hamburguesero (soy capaz de pedir un menú McDonald's completo en perfecto alemán, pero nada más; no es que me sirva de mucho porque aborrezco la comida del McDonald's).
Desde el otro lado del mostrador tuve que tragarme a una gloriosa caterva de gilipollas que pensaban que en su sangre circulaba semen del mismo Dios, tratándome como si fuera excremento de iguana. Eso sí, pobre de mí como se me ocurriera tratar a uno solo de aquellos capullos con algo que no fuera extrema deferencia (con firmeza, eso sí).
Experiencias chungas a ambos lados de los mostradores... En realidad esta historia es como un consultorio psicológico baratito. Si tienen neuras que contar, ya saben dónde poner los comentarios.
PS No, la historia no tiene moraleja. Si quieren moralejas, lean los clásicos, no un puto blog. Empiecen por el Bardo Inmortal.
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