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La Coctelera

Ad astra

El blog es de Chuck Norris y me lo follo cuando él quiere

31 Marzo 2008

Albeorn

(un fuego arde en un campamento del Cruce, en los Baldíos; hay un tauren sentado, puliendo una vara de madera; un viejo troll de las montañas está reclinado, mascando pescado seco; sin solución de continuidad, le pregunta al tauren por su historia)

¿Mi historia? Um... La historia de los individuos no importa. Solo importa la historia que nos cuenta la Madre Tierra con el susurro del viento, con el movimiento de las hojas, con el fluir del agua.

Pero satisfaré tu curiosidad.

Mi nombre es Albeorn. Nací en la tribu Zancaslargas, en algún lugar indeterminado de Mulgore. Mi tribu era una tribu de nómadas, dedicados a la caza y la recolección. La mayor parte de sus miembros eran cazadores y guerreros.

Hasta que nací yo. Cuando no era más que un cachorro parecía que seguiría la senda del resto de miembros de mi tribu, pero el chamán de la tribu veía en mí cierto potencial para algo más. Me envió a la Cima del Trueno para que me vieran los chamanes y druidas más ancianos de nuestro cairn. Ellos determinaron que yo sería druida.

Aquellos que no han nacido tauren, salvo quizás los elfos de la noche, no pueden entender el orgullo que supone para una tribu contar con un druida entre sus filas. Los cazadores, guerreros y chamanes son sumamente respetados, pero los druidas representan el vínculo de nuestra raza con todo lo que nos es sagrado y querido.

Toda la tribu se volcó en mi educación. Yo era el cachorro de la promesa, y mis mayores tenían visiones de gloria acerca del futuro de nuestra tribu, ganando por fin representación en el consejo del cairn gracias a mis actos.

A nadie se le ocurrió consultarme.

No me malinterpretes, yo quería ser druida. Para mí era un honor inenarrable. Me sentía en la cima del mundo. Incluso llegué a enfrentarme con un jabalí verrugoso que me arrancó parte del cuerno izquierdo, añadiendo más renombre a mi ya de por sí exagerada leyenda.

Estudiaba duro con los mejores druidas, y cuando me convertí en un joven tauren, fogoso y en celo, disponía de las mejores hembras para mí. El futuro estaba hecho del verde y marrón de los árboles.

Albeorn

Hasta que llegó Shendreej.

No había visto jamás a un elfo, ya fuese nocturno o de sangre. Sentía cierto respeto reticente por los elfos nocturnos ya que ellos, como nosotros, comulgaban con la naturaleza, pero allí donde nosotros nos limitábamos a amoldarnos a ella, ellos la modificaban a su antojo en formas caprichosas. Pensaba que los elfos de sangre serían del mismo palo. Ingenuo.

Los ancianos del cairn de la Cima del Trueno habían dado instrucciones específicas a todas las tribus para que concedieran derecho de paso a cualquier elfo de sangre que apareciera por nuestras tierras. Por lo que me habían contado, de tarde en tarde aparecía algún pequeño grupo que iba de paso hacía sus destinos, pero por algún motivo, los miembros del pequeño grupo de elfos de sangre que llegaron aquella luminosa mañana, decidieron quedarse en las estribaciones de Mulgore que conectaban con los Baldíos.

Yo lo tenía todo: un futuro prometedor, hembras, la promesa de un poder que podía conectar a mi tribu con la Madre Tierra. Todo.

Pero me atraían aquellos seres pequeños y aparentemente delicados. Empecé a observarles. Parecía no importarles demasiado. Aquellos seres eran capaz de las maravillas más impresionantes usando su mera voluntad. Su aparente fragilidad ocultaba una férrea voluntad, y un carácter más bien afilado.

Y entonces conocí a Shendreej. Una tarde de verano se acercó a mí y se presentó. Él también me había estado observando a mí, y quería aprender cosas de nuestra raza, para mejorar las relaciones entre elfos de sangre y tauren, dijo.

Maldita sea mi ignorancia. Me sentí halagado. No, halagado no. Orgulloso era la palabra. Empecé a enseñarle cosas, a mostrarle aspectos de mí o de mi propio pueblo que deberían haber permanecido en el secreto. Él, a cambio, me enseñaba pequeños trucos de magia que abrían mi apetito por aquella forma de poder tan diferente de la conexión con la Madre Tierra. Conexión que empecé a descuidar, primero, y a olvidar, después.

Cuanto más tiempo pasaba con Shendreej, más poder quería. El elfo me enseñó a hurgar en la mente de la gente, a mover cosas con el pensamiento, a conjurar hielo y fuego con un gesto de la mano. Era embriagador.

Durante todo ese tiempo estaba siendo observado, no obstante, por los miembros de mi tribu, pero yo no lo sabía, o si lo sabía, no me importaba. Solo quería más poder.

Las cosas al final siguieron el único curso posible. Una mañana fría de otoño, Shendreej me llevó hasta un roble de las montañas, y me dijo:

¿Ves ese árbol, Albeorn? ¿No lo sientes, lleno de vida, de savia, de PODER? Yo te enseñaré a extraer el poder del árbol. Eso no se aleja demasiado de tus enseñanzas druidicas, ¿no?

Todo cuando podía ver en mi mente era el poder que me llevaría a liderar la tribu, combinando la fuerza de la naturaleza con la fuerza de mi mente. Una nueva raza de taurens que dominaban la magia.

Me concentré en el árbol. Extendí mi pezuña hacia él y le pedí que me otorgara su fuerza vital.

No quería.

Me concentré. Mi testuz se perló de sudor, mientras le exigía al árbol que me entregara su savia. Y el árbol lo hizo. Al principio con reticencia, luego con manifiesto dolor. Pero me lo entregó todo, hasta la última gota. El poder fluía desde la corteza a mis dedos en un arco de energía pura cada vez más intenso y caudaloso.

Me sentía en la cima del mundo. Y entonces abrí los ojos.

El árbol estaba marchito. No, marchito no es la palabra. Agostado, sí, esa es la palabra. Supe que aquel árbol milenario nunca volvería a dar una sola hoja. Nunca renacería en primavera, y nunca extendería sus frutos. «Muerto» es una palabra que se queda corta para definir el estado de aquel árbol.

¿Y acaso creéis que me arrepentí? ¿Que me postré delante del árbol, sollozando por mi crimen? No, ni mucho menos. Sentía oleadas de energía corriendo por mis músculos, llenando el aire a mi alrededor, chisporroteando.

Shendreej estaba satisfecho, y yo también. Pasamos el resto de la tarde utilizando aquellas energías, embriagados. Levantamos rocas, cambiamos el curso de los arroyos, calcinamos extensiones de hierba.

Volví al campamento al finalizar el día, henchido de orgullo, dispuesto a reclamar mi herencia y mi puesto a los ancianos de la tribu. Pero algo no iba bien. En lugar de encontrar un campamento atareado con las últimas luces del día, encontré a todos mis compadres y comadres en pie, alrededor del tótem de la plaza central. Silenciosos, mirándome con... ¡Desprecio! ¡Me despreciaban, a mí, a aquel que les llevaría a una nueva era de poder y conexión con la Naturaleza! ¡Necios!

Avancé con firmeza hasta el pie del tótem, donde se encontraban los ancianos. Iba a abrir la boca cuando descubrí que un viento frío barría mi cara, y entonces no pude pronunciar una sola palabra. Me quedé clavado en el sitio mientras escuchaba al chamán de la tribu.

Seré breve, Albeorn. Estás desterrado, y deberías saber por qué. Te marcharás de estas tierras, e irás a vivir con aquellos que tanto te han enseñado. Te irás a las tierras de los elfos de sangre, porque has mancillado esta tierra y no eres digno de vivir en ella. Quieran los espíritus que algún día comprendas la magnitud de tu crimen. Nosotros no vamos a explicártelo. Eres escoria.

No entendía nada. ¿De qué me estaba hablando aquel viejo decrépito? ¡Ni siquiera me había dejado abrir la boca! ¿Querían que me fuera? ¡Bien, me iría! ¡Shendreej me comprendería! Aún sin voz, recogí mis cosas entre las miradas de repulsa de mi tribu, de mi antigua tribu, y me fui al campamento de los elfos de sangre.

Lo encontré vacío. Los elfos se habían marchado, y me habían dejado solo. Sin dejar rastro. Sin dejar mensajes. Estaba solo.

Aquella noche no pude dormir. Parecía que el mundo entero me gritaba por mi estupidez. Un tauren sin tribu no es nada, no es nadie, y mi esperanza de emprender viaje con Shendreej y los suyos se había desvanecido por completo.

No tenía nada que hacer allí. Si querían que me fuera a las tierras de los elfos, eso haría. Viajé durante meses, sin hablar con nadie, a pesar de que recuperé la voz a la mañana siguiente. Dormía al raso y cazaba lo que necesitaba para subsistir. También usaba el poder que me había enseñado Shendreej, cada vez más débil sin la guía de mi amigo, y sin el convencimiento férreo de estar haciendo lo correcto.

Meses más tarde, llegué al bosque Canción Eterna, que sería mi morada durante años. Me asenté en lo más profundo del bosque, al oeste de la plaza Alalcón. No quería ver a nadie, aunque en el fondo no perdía la esperanza de encontrar a Shendreej. Con el tiempo gané confianza y me atreví a aparecer en la plaza Alalcón.

Curioso espectáculo el que di. Los elfos sabían que moraba en su bosque, por supuesto, pero no esperaban que apareciera en una de sus ciudades. Si esperaba algún tipo de reconocimiento, compasión o lo que fuese, estaba muy equivocado. Con el tiempo aprendí que los elfos de sangre son una raza altiva, que desprecia a las demás razas por considerarlas inferiores. Lo único que les preocupa es conseguir poder mágico y restaurar su antigua gloria. Los tauren como yo no formábamos parte de sus planes.

La amargura me consumía. Mis tratos con los elfos eran esporádicos, y por las respuestas airadas que había conseguido, ni siquiera sabían quién diablos era Shendreej. Me fui encerrando en mí mismo. Me convertí en un ermitaño, en un «coco» de los bosques que las madres elfas usaban para amedrentar a sus crías.

Empecé a observar el bosque. Empecé a escuchar. Al principio ni siquiera me daba cuenta de ello, pero con el tiempo, noté cosas que me hacían estremecer. El bosque parecía normal, pero había algo siniestro en él. Sin embargo, mi conexión con la naturaleza estaba dañada, y no podía fiarme de mis instintos.

Podría haber seguido así durante años y años, hasta el fin, pero una mañana, vagabundeando por el bosque, lo encontré. Era un sicomoro a la orilla del río, enorme, majestuoso y rojo. Me sentía atraído hacia aquel árbol, y hasta él iba todas las mañanas, para sentarme a su vera, escuchando los susurros del bosque.

Sin embargo, la historia que me contaba aquel sicomoro no era la misma historia que contaban los árboles de mi tierra. Era una historia de tristeza, de horror soterrado, de líneas oscuras que recorrían la tierra. El árbol, poco a poco, me iba abriendo su corazón de madera y savia, contándome el profundo horror que ocultaba aquel bosque debajo de una fachada de melancólicos colores otoñales.

Mi desesperación fue completa. Yo no tenía el poder para ayudar a aquel árbol ni a su progenie. No podía hacer nada por aquel bosque. Y entonces comprendí, en toda su magnitud, el horror del crimen que cometí. Comprendí lo que había hecho, y comprendí por qué me habían enviado allí. Los ancianos de mi tribu querían que comprobara qué podía quedar de un bosque arrasado por la magia, envuelto en energías que era mejor dejar quietas.

Me encerré más en mí mismo, aunque no dejé de visitar el sicomoro. Me sentaba apoyado en su tronco para ver pasar las horas y las hojas, así mañana tras mañana. Sin embargo, cierto día fue diferente. Al llegar había otra tauren apoyada en el tronco. Sabía quién era: Larraina Brisaveloz, una druida que vivía en Lunargenta, actuando como contacto para los pocos tauren que pasaban por allí. Jamás había cruzado una palabra con ella, porque me recordaba dolorosamente mi pasado perdido. Me enfurecí, porque consideraba que aquel lugar era mi reposo, el lugar en el que lavaría mis penas hasta la muerte.

- ¿Qué haces aquí?

- ¿Por qué, te molesta?

- Este lugar me... Suelo venir aquí a descansar. No me gusta que me molesten.

- Es un lugar curioso para descansar. No creo que el sicomoro te deje.

- ¿Tú qué sabes? ¿Qué puedes saber del sufrimiento de este bosque?

- (suspirando) Aaaah, Albeorn. ¿Crees que eres el único que siente dolor por esta tierra? ¿Crees que eres el único que escucha el sufrimiento del bosque?

- (me quedo mirándola fíjamente, sin saber qué decir).

- ¿Por qué estás aquí, Albeorn?

- (no dudé ni un instante) Para sanar al mundo.

- (una sonrisa de satisfacción cruza su fea cara) Bien... Parece que no eres un caso perdido después de todo. Quizás podamos hacer algo provechoso todavía contigo.

- ¿A qué te refieres?

- Tu estancia aquí ha terminado. Vuelve al hogar, Albeorn. Vuelve a Mulgore, y sigue la senda de la que nunca tenías que haberte apartado. Conviértete en un druida, en el mejor de todos nosotros. Ve libre, aunque solo te impondré una condición.

- ¿Cuál?

- Que vuelvas aquí algún día y le cuentes a este sicomoro lo que hayas aprendido. No puedes sanarlo, nadie puede. Los elfos de sangre están corruptos más allá de toda medida, pero quizás haya esperanza en otros lugares, y quizás este árbol pueda llevar el mensaje.

Nos quedamos en silencio. No había más que decir. No esperaba aquel indulto, pero sabía que debía aprovecharlo. Nos separamos sin decir una sola palabra.

A la mañana siguiente empaqueté mis cosas y me fui sin mirar atrás. He emprendido el regreso a casa, a la senda del druida.

Y aquí me tienes, amigo mío. Me queda un largo camino por recorrer. Pero no me siento solo. En absoluto. El murmullo de los bosques me acompaña.

servido por adastra 8 comentarios compártelo

8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Hirosaki

Hirosaki dijo

:__)

Que bonito! Que las andanzas de un druida me emocionen... eso quiere decir que mis niveles de frikismo en sangre están demasiado altos xD

Menos mal que hay gente que sabe escribir, porque hay gente que sólo sabemos leer ^^

Por la Madre Tierra!!

31 Marzo 2008 | 03:06 PM

cathan_nbr

cathan_nbr dijo

Muy bueno, sí señor :)

Que la luz del sol eterno caiga sobre ti... :)

31 Marzo 2008 | 03:24 PM

adastra

adastra dijo

Y pensar que cuando empecé a jugar pensaba que los otros tauren me decían go with your mother... ¡Y me estaban diciendo go with the Earth Mother! XDDD

31 Marzo 2008 | 03:26 PM

Khondor

Khondor dijo

Betrayer! You will die by fire and jeaby. For the Alliance!

Podrías haber quitado las partes de la interfaz de la foto y tal XD

31 Marzo 2008 | 06:38 PM

adastra

adastra dijo

Podría, ciertamente XDD

31 Marzo 2008 | 06:45 PM

agente_naranja

agente_naranja dijo

Bonita historia, la de tu vaquito }:-)

1 Abril 2008 | 02:03 PM

Reena

Reena dijo

Yo no lo iba a leer, porque dije "BUF, otra paranoia friki del WOW", pero me ha gustado. Qué bien escribes, jodío! :D

5 Abril 2008 | 01:14 PM

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