Empatía literaria
Hay unos pocos libros -muy pocos- que me hayan inducido estados físicos de angustia, o como mínimo de empatía con lo que allí se describe. Se me ocurren varios: El Señor de los Anillos, Las dos después de medianoche, Las cuatro después de medianoche, La sombra del viento, etc.
Y todos los libros de la saga de Harry Potter, del primero al último.
Acabo de terminar Harry Potter y las reliquias de la Muerte, y observando la serie en retrospectiva, me pregunto qué demonios tienen esos libros que me hacen pegarme a las letras a todas horas, sin poder abandonar, preso de la obsesión por volver la página y averiguar qué ha pasado.
El otro día comentaba con mis amigos lo increíble que resulta un universo poblado de varitas mágicas y escobas voladoras, pero aún así, coherente. De hecho, según afirma mi amigo Óliver, seguramente J. K. Rowling lo haya logrado en una transición estudiada desde el infantilismo de los primeros libros hasta la oscuridad y desesperanza de los últimos. Supongo que de otro modo no hubiera sido posible.
Yo mido los libros por la cantidad de endorfinas que logran liberar en mi cerebro
No entraré a juzgar si la saga de Harry Potter es una obra maestra o no, o si debería ser considerada una de las grandes obras de la literatura del siglo o no (más de uno correría a buscar un alfanje para rebanarme el pescuezo si lo afirmara).
Sin embargo, sí diré que esos libros despiertan en mí sensaciones poderosas, y un deseo irrefrenable de seguir leyendo. Quizás sea Magia. O quizás sea otra cosa. No sé.
Ahora toca Watchmen ![]()
