Nexo friqui
Son las 0:39 del 17 de febrero de 2008. Noli está durmiendo, arropadita en la cama, y Claudia también, con la manta hasta las orejas, soñando con aquellas cosas que sueñan los niños que todavía no tienen un año.
Estoy leyendo un blog. El blog de un amigo, un amigo que, sin yo saberlo, ha pasado (y está pasando) por muy malos momentos, en lo personal y en lo laboral.
Siempre he tenido una capacidad de empatía con mis amigos que, a veces, quisiera no tener, porque me angustio con sus problemas, los vivo como míos, y me rompo por dentro por no saber qué hacer o qué decir. O me rompo por dentro porque sé que no hay nada que pueda hacer o decir. Nada excepto escuchar.
Historia tras historia, desgrano lo que le ha pasado, y aunque parezca figura poética, se me llenan los ojos de lágrimas. Será porque hay mucha gente que abusa de este recurso, pero no es mi caso. Soy un sensiblero, pero solo cuando tengo que serlo. Supongo.
Todavía me quedan cosas por leer, preparándome para que mañana me cuente lo que le ha sucedido en estos meses. Y yo creyendo que todo seguía igual... Él siempre ha sido una muestra de que, cambiara lo que cambiase, él iba a estar ahí con su conversación inteligente y su friquismo extraño y burlesco. Es duro darte cuenta de que no hay nada permanente, y de que cualquier asidero, por firme que parezca, es tan insustancial como el humo.
Él me ha llamado nexo friqui, y me ha «acusado» de hacer que los demás amigos mantengan la ilusión. Muchas personas diferentes me lo han dicho con el paso de los años. Quizás se deba a que valoro a los amigos por encima de casi cualquier cosa. Si ellos son felices y están unidos, yo también estoy feliz. Si no, me siento un auténtico desgraciado.
No habrá enlaces ni nombres, porque estoy seguro de que él querrá que respete eso.
Gracias, amigo mío. Gracias por confiar en mí, y gracias por tenerme en semejante estima, que nunca he creído merecer. Mañana te escucharé y tú me contarás.
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