Reencuentros
Mantener los amigos de la infancia, o de la juventud, no resulta fácil. En la mayor parte de los casos se trata de pura desidia: estamos tan ocupados con nuestra vida diaria que apenas prestamos atención al contacto con otros amigos.
La mejor época de mi vida fue la adolescencia, por muchos motivos. También fue la más jodida, pero supongo que eso es marca de la casa de cualquier adolescente. En esa época conseguí un grupo de amigos con los que, poco a poco, he ido perdiendo el contacto. Sigo teniendo sus teléfonos y sus correos, pero a vecen pasan años -literalmente- sin que los vea.
Con ellos compartí de todo: kurdas de escándalo, momentos especiales, gamberradas, peleas (nos partimos la cara unas cuantas veces), discusiones filosóficas y científicas a altas horas de la mañana bajo los efluvios del vodka barato. Cada uno de esos momentos está guardado en mi memoria porque yo siempre fui memoria de nuestro grupo, sin que nadie me hubiera designado. Pero todos lo aceptaban.
Todos éramos diferentes. Muy diferentes. Prácticamente podía encontrase cualquier perfil entre nosotros. Formábamos un grupo heterogéneo cuyo único hilo de unión era la amistad, sin paliativos.
Cometimos errores garrafales, y pusimos en peligro nuestra amistad en múltiples ocasiones, pero siempre salimos airosos.
Sin embargo, como todo grupo de amigos, nos agotamos. Llegó un momento en que estábamos aburridos de nuestra mutua presencia. Creo que pasa hasta en las mejores familias. Al final íbamos a casa de los demás para no aburrirnos solos.
Hace unos días recibí una llamada de Melca, una de mis mejores y más viejas amigas. Me dijo «Pablito, vete mañana a San Agustín, que vamos a vernos todos». No necesitó decir más.
Allí estaba yo, a las seis y pico de la tarde, y estaba nervioso. Hacía años que no veía a muchos de ellos, y me preguntaba si todo fluiría entre nosotros como lo hizo en el pasado.
Si estas cosas pudieran generar ruido, cuando llegué yo, por ser el que faltaba, se habría oído un sonoro «¡CLICK!» que hubiera llegado al otro extremo del universo.
Era como si nunca hubiéramos dejado de vernos. De todas formas, debo decir en justicia que algunos de ellos siguen viéndose con cierta frecuencia. A se ve a menudo con B y B se ve a menudo con C, formando grupúsculos de lo que un día fue algo mayor.
Y mi mayor temor se disipó en cuanto empezamos a hablar. En una ocasión le dije a Víctor que un grupo de personas que se pasa más tiempo hablando del pasado que del futuro o el presente, tiene un serio problema de continuidad. Nosotros nos dedicamos a hablar de nuestras neuras, de lo que hacíamos, de lo que nos gustaba. Nos insultamos, nos reímos, pusimos a los que no estaban a bajar de un burro. Pero no hablamos del pasado. Eso forma parte de todos nosotros, y queda en la memoria. Justo donde debe estar.
Faltan algunos, siempre sucede, pero allí estaban Víctor, Dani, David, Melca, Juanjo y Jaime. Por cierto, ver allí a Jaime fue mi mayor sorpresa. Lo hacía en el Pirineo, y me encontré con que estaba aquí.
¿Nos seguiremos viendo? Depende de nosotros. Porque no hicimos promesas. Consideramos que eso es una gilipollez. Si queremos seguir viéndonos, lo haremos. Si no, no lo haremos.
Ah, ahora no solo soy memoria. También soy memoria visual. Cómo no.
!-->
























Moi dijo
Buff!! como pasa el tiempo...
16 Enero 2008 | 12:01 PM