Estoy tumbado en la playa, con los ojos cerrados. Oigo el mar, las olas. Oigo pasar la gente, los niños jugando, las marujas gritando a voz en cuello para que sus vástagos no desaparezcan tragados por el mar.

Desconecto. Tomo mi walkman. De cinta. Cojo los cascos y me los acoplo en las orejas para sustituir el ruido blanco del mundo a la orilla del mar por ruido electrónico. Ruido surgido de los altavoces de una de las más impresionantes piezas de tecnología de todos los tiempos. Amén.

De repente, la oscuridad cae sobre mí. La oscuridad de la mente, sincopada al ritmo de los bytes que fluyen, formando música. Solo pueden entenderme mis pares, gente como yo, gente que ha mamado la misma leche cibernética, preñada de dedos volando sobre el teclado y ojos rojos por jugar hasta altas horas de la noche.

Escucho la banda sonora de Turrican. Disparo. Masacro.

Sueño.


Lo que acabo de escribir es real. Dramatizado pero real. Me explico.

Mis recuerdos de juventud (nota: me refiero a juventud muy joven) me transportaron ayer, no sé por qué, a la playa, con mis amigos Moi y Suso. Los tres éramos (y somos) tres tecnofriquis, amantes del ordenador Amiga 500 (que nunca tuvo ninguno de nosotros), amantes de sus juegos y admiradores/odiadores de todo aquel hijo de la gran puta que fuera lo suficientemente afortunado como para tener uno.

Tanta devoción se materializó en forma de bandas sonoras. Yo tenía una cinta (todavía faltan unos cuantos años para el boom de los discman) con bandas sonoras de videojuegos, y entre ellas, mi favorita era la del juego Turrican. Y no porque conociera el juego más que de oídas (lo jugué más tarde), sino por su cualidad asimétrica y extraña.

La banda sonora fue compuesta por Chris Hülsbeck, y hoy día todavía se puede descargar, pero en el formato original (no la he encontrado en MP3). Si hay alguien interesado, puede usar DeliPlayer para reproducir los ficheros.

Me apena haber perdido aquella cinta.