Imaginen la típica estampa hogareña: una niñita pequeña de cinco meses y medio comiendo. La madre le está dando su biberón mientras el padre, muy digno, se dedica a leer la novela Hermanos de armas de Lois McMaster Bujold. En esto que la madre se pone a cantar la famosa canción de los elefantes a la niñita (ya saben: «un elefante, se balanceaba...»).

Entonces tuvo lugar la conversación.

Padre: um, la canción de los elefantes es una canción fractal, ¿no?

Madre: (sin levantar la vista de la pequeñaja) no, en realidad es una canción recursiva.

P: negativo, si fuera recursiva tendrías que empezar a cantar partes de la canción desde otras partes de la canción en puntos definidos.

M: entonces no puede ser una canción fractal.

P: (pensativo) um... Bueno, puede que tengas razón. Para que la canción fuera fractal tendría que tener una superficie infinita en un espacio finito.

M: la canción de los elefantes es infinita.

P: no, no lo es. Solo está esperando por su condición de parada. Además, no es recursiva, como te he dicho.

M: entonces será iterativa. Toda canción recursiva es, por definición, iterativa.

P: ¿y al revés? ¿Toda canción iterativa podría formularse como canción recursiva?

M: ahí me pillaste. No estoy segura.

P: Vale.

Como dice mi amigo Óliver, seguro que Claudia estudia humanidades.

PS No, no me estoy inventando la conversación. En cuanto acabamos de hablar cogí mi bloc de notas de vaquita y lo apunté todo. Era demasiado bueno como para dejarlo escapar.