El olor de las letras
Me encanta oler los libros viejos.
Sé que los libros en soporte de papel tienen, al menos en mi casa, los días contados. Lo único que estoy esperando es que aparezca una tecnología buena y barata (lo de bonita podéis pasároslo por el forro, si a bien tenéis, sai) que me permita leer libros en formato digital.
Pero mientras tanto, los libros acumulan años en sus estanterías igual que el buen vino. El vino gana cuerpo. Los libros ganan... No sé, un aire de secretos largo tiempo encerrados, de letras ya leídas, pero no por ello menos reveladoras.
Una de las primeras cosas que hago cuando compro un libro de segunda mano o me prestan un libro, es olerlo. Me encanta el olorcillo a antiguo que desprenden los libros. De hecho, tenía a mis padres amenazados para que no limpiaran ni un libro de mi casa, para que fueran añejando. Además, los tenía clasificados por antigüedad según el grosor de la capa de polvo que tuvieran encima.
Por supuesto, no me hacían caso.
Noli tampoco me hace caso.
Es igual. Los libros conservan su olor. Me dejaré transportar a tierras lejanas llevado de la mano del polvillo que desprenden las ajadas hojas de mis libros.
Buena droga. Buena mierda.
!-->
