Siguiendo con mi impenitente labor en favor de la recuperación de las burradas las expresiones de mi tierra profunda, el otro día paré en seco un conjunto de neuronas en cuanto solté la expresión «¡el conejo me derriscó la perra!», para poder escribir esta historia en el blog.

Um... Bueno, en realidad estoy haciendo trampas. Lo que yo siempre digo es «¡el conejo me enrriscó la perra!». Cosa de haberlo aprendido fonéticamente, oiga.

No crean que estas expresiones son de dominio público. Cuatro de cada tres personas se me quedan mirando como si me hubiera salido un aguijón venenoso en la cuca cuando suelto expresiones de ese tipo. Y es que para eso estamos aquí, para curturisar a todo el mundo, cohone.

La susodicha expresión, basada en el verbo «derriscar», viene a equivaler a «¡para este viaje no necesito alforjas!». A mí me da la impresión de que quien lo inventó tenía que ser cazador, porque vamos, a mí no se me ocurre nada tan rebuscado ni en un par de evos.

La primera vez que utilicé la expresión en estos mundos del Monstruo Volador de Espagueti fue en un comentario que hice en una foto de Guesús, pero en esta ocasión hay muchos más ejemplos de uso de esta expresión, no como pasa con otras.

De hecho, aunque la forma «correcta» del dicho es la que da título a esta historia, si buscan por ahí podrán encontrar otras variedades, siempre cambiando el verbo de marras:

  • El conejo me enrriscó la perra.
  • El conejo me riscó la perra.
  • El conejo me arriscó la perra.

Y seguro que alguna más hay por ahí. Aaaah, la cultura popular. Maravillosa.