Esta pequeña chorrada de historia estaba en borrador para publicarla el 28 del mes pasado. Como todos ustedes saben lo que pasó ese día, apreciarán la fina ironía del asunto. Transcribo la historia tal cual la tengo en borradores ;)


Hace dos noches, justo cuando íbamos a acostarnos, le espeté a Noli de repente:

Cariño, creo que voy a dejar de escribir en el blog.

Todavía me estoy curando los arañazos... He visto guepardos famélicos moverse con más lentitud que la combinación Noli/Claudia-in-útero a la hora de atacar desvalidos cervatillos.

Um... Bueno, en realidad no se movió un solo milímetro de la cama (bastante tiene como para mover la barriguilla), pero sí que me largó un par de latigazos verbales con la velocidad arriba mencionada.

¿Que tú que de qué? ¿Y por qué rayos vas a dejar de escribir en el blog, zoquete?

Gran pregunta. Inteligente, sí señor. El caso es que me quedo en blanco...

Mmmmpf... Pues... Er...

Noli me mira con cara de lechuza ratonera que ha divisado un jerbo cojo y tuerto en lontananza. Espera. Es paciente (conmigo debe serlo).

Bueno, es que últimamente no se me ocurre nada que escribir.

Ahora Noli me mira como si de repente me hubiera cagado en los calzoncillos y me los hubiera puesto en la cabeza mientras bailo una danza masai a la luz de candiles decimonónicos quemando disolvente y LSD. Va y me dice:

¿Y no te parece que no se te ocurre nada que escribir porque estás desquiciado esperando a que nazca la niña?

Miro al techo y entro en estado contemplativo. Es fácil. He leído cómo lo hacían los vaqueros de consola en Neuromante. Después de un rato pensando (no más de cinco minutos, no crean), suelto:

Pues es verdad.

Y me acuesto a dormir. No hay nada como acostarse con la conciencia tranquila, oiga.