Lo que voy a contarles ahora parecerá una queja, un lamento. Pero no lo es. Digamos más bien que es una reflexión de retrete, de esas que suelto de vez en cuando.

A veces pienso que quejarse de lo que tenemos debe formar parte de la naturaleza humana. Si estás muy ajetreado, quieres tranquilidad. Si no estás haciendo nada, quieres emoción. Si estás nervioso, quieres estar relajado, y si estás apático quieres algo electrizante.

Los seres humanos somos puro lamento.

En estas semanas yo me he visto sujeto a una forma particular de aceleración, sin saber muy bien por qué. De repente, me vi durante semanas corriendo de un lado para otro, haciendo un montón de cosas en mi tiempo libre, sin apenas descansar. Cuando llegaba la noche caía rendido, y vuelta a empezar al día siguiente.

Durante ese tiempo me las arreglé para comprar un montón de cosas que echaba en falta, hacer las tareas de la casa, ayudar a mi padre y a mi hermano a montar la habitación de la niña (recuerden: yo soy el tecnólogo, ergo, la oveja negra de una familia dedicada a los oficios arcanos), comprar un millón de cosas que Claudia necesitará y otro millón que no le hará ni puñetera falta, etc.

¿No detectan un patrón de comportamiento? ¿Una especie de sensación de que se me acaba el tiempo? Lo cierto es que dicho así, con estas palabras, sigue sonando invariablemente a lamento. Pero sigue sin serlo

Creo que alguien le ha puesto nombre a esta especie de síndrome que sufrimos algunos padres primerizos en vísperas del nacimiento de su vástago. Pero paso de buscarlo, que estoy cansado después de haber perdido todos los partidos de squash de esta tarde con mi amigo Alexis (pongo empeño, pero soy un jodido paquete).

El caso es que tengo la sensación de que debería hacer un montón de cosas antes de que naciera la niña, como si hubiera una vocecita en mi cerebro diciéndome constantemente «aprovecha ahora, que luego no podrás». Y no, no soy un padre desnaturalizado. No creo que haya padres libres de dudas o inquietudes. Esa raza, sencillamente, no existe.

Noli y yo asumimos hace tiempo que criar a un hijo tiene que conllevar un cierto grado de sacrificio, grado que no conocemos porque todavía Claudia no ha nacido. No voy a dármelas de listo ahora. Pero somos conscientes, en el fondo, de que hay muchas cosas que cambiarán de la noche a la mañana cuando esta pequeñaja se instale en casa. Y estamos impacientes. Pero también sentimos, yo sobre todo, un tictac incesante que anuncia un paréntesis. Porque lo cierto es que no soy tan cretino como para suponer que voy a renunciar a todas esas pequeñas cosas que ahora hacen mi vida tan entretenida. Luego tendré otras muchas cosas en las que ocupar mi tiempo.

Por eso quería contarles esta sensación, esta idea de estar viviendo un tiempo comprimido que se empaqueta en dimensiones fractales y del cual quiero sacar el máximo posible aún a sabiendas de que tanto mi tiempo como mis fuerzas tienen un límite.

Y obsesiones, las justas, gracias.

¿Oyen ese sonido? Es el sonido de Claudia, que se acerca con la fuerza de un tren expreso. Falta poco, y nosotros la estamos esperando como no hemos esperado ninguna otra cosa en toda nuestra puta vida. Ella será nuestra luz, y todo quedará eclipsado por ella. Incluso esto que estoy escribiendo ahora.

Sobre todo esto que estoy escribiendo ahora.