Llevo un par de días en los que parece que la famosa maldición de la que habla mi amigo el Señor Cóndor me ha alcanzado de lleno.

El sábado por la noche ¡POR FIN! pudimos ver las estrellas como dios manda después de estar meses intentándolo. Eso sí, alguien debía estar divirtiéndose practicando vudú porque hacía un viento de la hostia y un frío del carajo. Y si no que se lo pregunten a los prismáticos del Señor Cóndor. Ya les hablaré de eso.

Cuando llegamos a casa el domingo por la tarde, resulta que no había agua en el edificio. «No problema», pensé. Total, un par de días sin bañarme y mi aroma natural de macho alfa hará que todas las tecnololis en un pársec a la redonda deseen poseerme de varias formas abyectas y sucias. Tengo para todas.

Pero lo peor de todo fue quedarnos sin línea telefónica ese mismo domingo. Puedo sobrevivir comiendo chocolatinas. Puedo sobrevivir sin cagar dar de vientre defecar cagar. Puedo sobrevivir sin mear. Bueno, casi, que luego me pasa lo que a esta pobre mujer.

Pero no puedo sobrevivir sin internet. ¡Por el gran Cthulhu, si me quitan la conexión me reducen a una masa balbuceante apenas consciente!

Ahora estoy acariciando de forma obscena el router con una mano mientras escribo con la otra, después de haber recuperado (más o menos) la línea.

Buenas noches. Me llamo Pablo César Pérez González y soy internetdependiente.