Un millón de hostias es lo que te voy a dar
El otro día iba en el coche oyendo la M80 cuando de repente, en las cuñas publicitarias, escuché algo que hizo que el caudal de mi arteria aorta se duplicara de repente y que circulara al revés (la sangre por la aorta, no yo).
Verán, soy un poco cínico (bueno, muy cínico), así que cuando veo campañas de donativos de empresas para esto o aquello, siempre entrecierro un ojo como si fuera la bruja que le echó la maldición al Señor Cóndor. Donar desgrava a Hacienda. Es algo bueno, pero no me creo que las empresas sean hermanitas de la caridad.
En este caso se trata de la campaña 1.000.000 de clicks: por cada clic que hagas en la página, Trina (una bebida de refrescos que ya no bebe ni dios) aporta 5 céntimos para el proyecto de construcción de una escuela en El Cortez (El Salvador).
Pero vamos a ver, criaturas... ¿Para qué cojones quieren que haga clic, eh? Ya que estamos, ¿por qué no donan el dinero directamente y ya está? ¿Por qué cojones lo hacen «depender» de que cualquier pringao haga clic en un enlace, olvidando a los cinco nanosegundos el propósito de lo que ha hecho?
Oh, sí, dirán que no cuesta nada hacer clic. Mentira. Sí que cuesta. Tienes que abrir la página, leer el manifiesto (bueno, eso es opcional) y hacer clic. ¿Esfuerzo? Casi nulo. Pero casi no equivale a ninguno. Si no hago clic, hago menos esfuerzo. Quod erat demonstrandum.
¿Voy a demostrar mi solidaridad haciendo clic? Joder, eso es pervertir el significado de la palabra solidaridad. Pídeme dinero, pídeme ropa, pídeme medicinas, pídeme juguetes. Pídeme cosas que les pueda dar. Pero no me pidas un puto clic.
Denles el dinero y ya, hostias.
PS Esta historia incumple gravemente el propósito de la plataforma para preservar el significado de la palabra «hostia».
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