Amigos, ¿para qué coño si no?
La semana pasada estuve de asadero con mis amigos de la facultad. Siempre solemos montar algún sarao cuando finaliza el año (además de otros muchos en cualquier otro momento, que conste), para vernos los caretos, aprovechando que los exiliados vuelven a casa por navidad (uno en Barcelona y otro en Darmstadt).
Esta noche, de hecho, tenía cena con ellos, y se deben estar reuniendo en este preciso momento, pero me he tenido que quedar en casa, con algo de fiebre. Esta puta gripe me tiene hasta los cojones.
El caso es que cuando volvía a casa me di cuenta de una cosa que puedes perder sin darte cuenta de una forma sutil, si no cuidas a tu grupo de amigos. Me explico.
Soy una persona muy sociable. Saltimbanqui, dirían algunos. Una reacción de timidez como cualquier otra
Y normalmente siempre he formado parte de grupos de amigos más o menos grandes.
Mis amigos de la universidad tienen en común conmigo eso, la universidad. Por lo demás, en el grupito hay de todo: friquis piojosos, bebedores consuetudinarios de whiskey, ludópatas del tres al cuarto, cínicos irredentos, entes cuasifantasmales, etc. Quiero mucho a esa panda de hijos de puta. Negaré haber dicho esto. Tengo fiebre.
El caso es que cada uno de ellos tiene una visión única de las cosas, como es normal. Y una cosa que me gusta de los grupos dispares de amigos, con distintos intereses es que evitan que me vuelva un cafre completo. Evitan el ombliguismo, vamos.
El contacto con amigos que te llevan la contraria hasta para decir el sitio por el que sale el sol hace que no te creas a pies juntillas todo lo que dices. Te hace más tolerante, más propenso a valorar las opiniones ajenas, y a darte cuenta de que, en realidad, tu opinión no cuenta más ni menos que la de nadie. Hace que des tu brazo a torcer aunque estés convencido de que tienes razón. Hace que vayas a un sitio al que no quieres ir por no chafarle la fiesta a los demás.
Te hace mejor persona, digo.
Así que procuro cuidar esa relación de amistad, siempre. Y por eso me jode no haber podido ir a cenar esta noche. Pero habrá más oportunidades, más cenas, más enyesques, más asaderos, más cenas, más visitas al Hospital Materno para ver llegar al tercer bichillo de la segunda generación, con Noli y conmigo de orgullosos anfitriones.
Y se acabó la reflexión. A tomar por saco.
Actualización
Demasiado increíble, pero cierto... Acabo de organizar a esta panda de cabrones por vía telefónica porque no habían quedado en ningún sitio en concreto para cenar, y estaban todos desperdigados («sí, nos vemos en Telde y tal»). Y soy el único que no va a la cena.
¿Qué les decía yo de cuidar a los amigos? ![]()
