Los fines de semana suelo ir a casa de mis suegros, como todos mis lectores saben a estas alturas de la película. El caso es que bajamos de nuevo a casa los domingos a media tarde, cuando hace fresquito y el tráfico es ligero.

Un momento. ¿He dicho ligero? Y un cojón de farumfer.

El pasado domingo, cuando me incorporé a la carretera del Centro a la altura de Santa Brígida, lo hice directamente en una retención kilométrica. Noli y yo nos miramos y directamente dijimos «ya está la policía dando por culo». Bueno, ella no dijo eso porque es una chica educada. Yo dije algo peor.

Ah, por supuesto, nos encontramos a la policía «controlando» el tráfico en la rotonda de El Monte Lentiscal.

Porque vamos a ver, ¿soy el único que piensa que basta con que la policía local se ponga a controlar el tráfico en una rotonda para que la cola llegue a las inmediaciones del Nepal? Es más, ¿para qué cojones están las rotondas, coño? ¿No se supone que actúan como distribuidores de tráfico, eh?

¿Algún experto en flujos de tráfico en la sala, por favor?