El cristal de la memoria
Hay ocasiones en las que se hace necesario realizar un viaje iniciático. Un viaje a las profundidades de la memoria, en busca de recuerdos que sabes que están ahí, pero a los que les cuesta aflorar.
La memoria, ustedes lo saben, funciona de una forma peculiar. Contemplamos nuestros recuerdos a través de un grueso cristal lleno de polvo. Y a través de ese cristal amplificamos nuestros buenos recuerdos y edulcoramos nuestros malos recuerdos. De ahí aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Es una mentira manifiesta, y lo sabemos, pero nuestra memoria es así.
No soy muy dado a añorar el pasado, a pesar de que hay pasajes enteros que quisiera borrar, como un novelista loco, tirando a la basura páginas y páginas de una novela malograda. Pero hay ocasiones en las que me gusta navegar en los mares de mi memoria, acordándome de cosas apenas bosquejadas, dispuestas para dar rienda suelta a mi melancolía, mientras escucho una canción triste.
Guardo buenos recuerdos de mi pueblo natal, quizás porque solo estuve allí hasta los seis años. Casi toda mi vida se forjó lejos de ese lugar, aunque también guardo muchos recuerdos posteriores, ya que mis padres mantuvieron la casa que teníamos allí hasta que no les quedó más remedio que venderla para poder comprarse otra en el sur de la isla. Cosas del trabajo de mi padre.
Los recuerdos más luminosos, presentes como cristales diseminados en la tabula rasa que he dispuesto para mi memoria de aquellos tiempos, se refieren casi todos a mi abuelo materno. A las mañanas en las que íbamos a «pajarear» (a atrapar pájaros) en las laderas del barranco. A las mañanas en las que me llevaba a ordeñar las cabras. A las tardes en las que nos quedábamos contemplando el sol poniente sin decir ni una sola palabra. Lo quería con locura, y se fue demasiado pronto. Otro día hablaré de él.
Aun así, ¿cuánto hay de verdad en esos recuerdos? ¿Cuánto se ha velado con el tiempo? Ni lo sé ni quiero saberlo. Son mis recuerdos, y les daré la forma que quiera. Nadie dijo que los recuerdos tengan que ser reales, fieles. Son míos, repito. Me repito.
A veces en mi cabeza paso por delante de una casa que reconozco como la de uno de mis antiguos amigos o amigas. Eso también me arranca una sonrisa, aunque por motivos quizás distintos a los que pudiera suponerse. En cierto aspecto soy un bicho raro (más de lo que ya soy, claro), porque jamás me he molestado en intentar recuperar amistades que se han perdido con el tiempo y la distancia. Me hace gracia ver a antiguos amigos que de repente sugieren que toda la antigua peña vaya a cenar a intentar recuperar antiguos lazos.
¿Lazos? ¿Qué lazos? Hay lazos que no resisten el paso del tiempo. También hay otros que no se deshacen jamás. Está claro que uno tiene que poner de su parte, pero cuando algunas amistades se alejan, prefiero dejarlas ahí, en mis omnipresentes recuerdos.
Giro sobre mí mismo, lo abarco todo. Veo lo que ha cambiado y lo comparo con mi memoria. Familia, amigos, momentos... Y todo eso ha quedado atrás. Muy atrás.
Creo que ya he tenido bastante melancolía por hoy. Hora de volver a la realidad.
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alascaidas dijo
Espero que esa melancolía no sea tan duradera, y que se haya acabado con este post.
Es cierto que a veces añoramos muchas cosas, y quizás revivirlas. Amigos que dejamos, personas que ahora ya no están, etc.
En fin... la vida es una, y sólo se mira para adelante.
Besos precioso.
15 Septiembre 2006 | 07:25 PM