Muchos de ustedes sabrán que ese es el título de una novela de Gabriel García Márquez (Noli es adicta a las novelas de este hombre, así que la tiene). Sin embargo, no voy a hablarles de la novela. No, lo que voy a hacer es aplicar la frase a uno de mis amigos.

Mi amigo David, también conocido como Sinsangre, tuvo un accidente brutal con su coche hace dos domingos, concretamente el 16 de julio. Tuvo la mala suerte de que un hijo de mil putas se cruzara en su camino, haciendo que metiera un volantazo, dando dos vueltas de campana. Por supuesto, ese hijo de mil putas se dio a la fuga, como todos los miserables hijos de mil putas de la misma ralea que pululan por la carreteras del mundo.

El coche no sirve ni para chatarra, lo cual supone un quebranto económico para cualquiera (se lo compró hace cinco meses), pero eso es lo de menos. Lo importante es que él está bien, sin un rasguño. Por supuesto, en estos casos la procesión va por dentro. Sé lo que es eso porque otro hijo de mil putas con un camión-plancha arrolló directamente mi coche en el túnel de la Laja, saliendo de Las Palmas, hace unos cuatro años. Una escena bastante fea: mi Peugeot 106 siendo arrastrado lateralmente por un camión enorme, unos 60 metros, mientras me repetía a mi mismo «si me vuelca, me mata». Mi hermano me ha dicho que mi accidente sale por la tele (al menos en Canarias) en los programas de seguridad vial sobre conducción en los túneles. Y yo sin saberlo ;)

Mi antiguo Peugeot 106 después de tener un romance con un camión

En estos casos, se aprecia la ayuda de los amigos que hacen que dejes de pensar en esos segundos durante un rato. Porque dicen que los amigos están para las ocasiones, y esta es una ocasión, sin dudarlo.

Ya sabes dónde me tienes, amigo mío.