Imaginen que regentan la alcaldía de un pequeño pueblo en las afueras de São Paulo y que tienen un pequeño problema de espacio. Pero no de espacio vital, sino de espacio, um, mortal, por así decirlo. O sea, el cementerio se les queda chico y ya no caben inquilinos.

¿Qué hacen en ese caso? ¿Ampliar el cementerio? ¿Mejorar la sanidad pública? ¿Realizar una campaña para promover las cremaciones? Nooooooooooooo, señoras y señores, nada de eso. Qué falta de imaginación, por favor. Lo que harían es prohibir que la gente se muera.

Sí, puedes leerlo otra vez. Venga, te dejo. Léelo.

¿Ya te has recuperado? Vale. El caso es que según el sepulturero del pueblo, funcionaba y todo.

Lo mejor de todo es esta frase de Roberto da Silva, alcalde de Biritiba Mirim, que así se llama el pueblo en cuestión:

Los infractores responderán por sus actos

Claro que sí, hombre. Usamos un par de clérigos de algún juego de rol para resucitar a los infractores y así poder castigarlos adecuadamente (la pena de muerte quedaría totalmente descartada, claro).

Ahora entiendo lo que significa el término política-ficción.