El clan familiar
Hay cosas que son como una bola de nieve. Empiezas por una tontería como cualquier otra. Empiezas a escribir sobre lo primero que se te ocurre. Luego sigues escribiendo, y escribiendo.
Luego, de buenas a primeras, descubres que tu hermano también quiere decir cosas. Esparcirlas a los cuatro vientos. Compartirlas con los demás, que es lo que vale. Te gusta lo que escribe. A la gente le gusta lo que escribe.
Otro día resulta que se te une uno de tus más viejos amigos. Vaya, ya somos unos cuantos. En poco tiempo se hace su huequecito en La Coctelera, y consigue su legión de fieles lectores.
Algunos de sus lectores son también mis lectores. Y los de mi hermano. Yeyo y logoss nos acompañan en nuestras andanzas, leyendo sobre cualquier cosa que se nos haya ocurrido escribir. Y se nos ocurren muchas, créannos.
¿Falta alguien? ¡Pues sí! Mi cuñado me pide que ponga algo sobre el concierto de Juanes en mi blog. Yo no quiero (me lo impide mi, ejem, línea editorial). Pues el chaval tira por la vía rápida: él también se hace su propio blog. Pero, ¿se limita a contar algo de Juanes? Pues no. Por lo visto ha descubierto que puede contar muchas más cosas. Y lo hace.
En poco tiempo, somos legión. Sin embargo, falta algo... Falta una pieza, vital, sutil. Podríamos decir que falta el lado femenino. Falta algo que ponga un puntito sobre la «i». Falta algo. A mí, por lo menos, me faltaba algo.
¿He dicho «faltaba»? Pues sí. «Faltaba.» Pero ya no falta.
Hasta ahora este blog era un 50%. Un 50% de lo que vivo todos los días. De lo que amo, de lo que respeto y de lo que espero me acompañe el resto de mis días. Ahora pueden saber lo que piensa y siente el otro 50%. Mi 50%.
El círculo se ha cerrado. Entren en el círculo. Y quédense. Si quieren.
